Cuando yo era chico, recuerdo que jugaba a torear con mis hermanos en la puerta de mi casa, en Lucena, en plena calle del Agua o Juan Jiménez Cuenca, como rezaba entonces en los carteles. A penas si pasaban coches por allí. Era tal la nulidad de tráfico rodado en aquellos días, que podían jugarse partidos de fútbol de dos horas sin ninguna interrupción. Fue mi padre quien puso dentro de mí la semilla para que me aficionara apasionadamente a la Fiesta. Los cuatro hermanos éramos muy chicos cuando mi padre, Francisco González Huertas, nos llevaba de la mano a ver los espectáculos cómicos-taurinos y algunas becerradas a aquella preciosa plaza de toros que tenía Lucena a la salida del pueblo en la salida de la carretera que conduce a Córdoba. El color del albero, la alegría de las gentes, los pasodobles de la banda de música, el perfume de primavera, el color negro e intenso de los toros y el rojo de su sangre me deslumbraron para siempre. Me di cuenta de que aquello era un espectáculo lleno de magia, en el que se conjuntaban la improvisación y el orden, la gloria y el fracaso, la vida y la muerte… en un solo palpitar de un corazón sincero, auténtico y hondo.
Por eso tengo una deuda perpetua con mi padre, porque él me inició en esta cultura hispánica, en toda la liturgia taurina tan arraigada a nuestras raíces. Después, cuando ya era un adolescente, vinieron nuestras conversaciones taurinas en las que las opiniones de mi padre, que yo escuchaba en silencio embobado, me hicieron ver a gigantes como Joselito, Belmonte, Marcial Lalanda, Domingo Ortega, Manolete, Bienvenida… y entendí que aquello era un mundo especial por el que valía la pena no sólo interesarse sino participar activamente.

Recuerdo que cuando yo era chico le pedí a mi madre, Josefina Zubieta Sánchez (que no acompañaba a mi padre a las Plazas de Toros porque sufría con la sangre y el riesgo), que me hiciera con tela roja una muleta para jugar al toro y ella, complaciente siempre me la hizo. Yo me fabriqué un estoque y con un carrillo de mano y unos cuernos que conseguí en el matadero del pueblo, soñábamos en plena calle “El Agua” con la gloria y sentíamos la emoción que debe de producir, el pasar de unos cuernos llenos de muerte cerca de tu barriga con un natural por la izquierda o con media verónica dada lentamente con garbo. En mi debo reconocer que pudo más en aquellos años de mi infancia la afición al fútbol que a los toros aunque jugaba al toro asiduamente. Los Di Stefano, Kubala, Ramallet, Puskas y Gentos pudieron más que el Viti, Diego Puerta, Paco Camino, Antonio Ordoñez y El Cordobés. Y es curioso, que con el paso de los años cuando me hice adulto, esa afición haya cambiado de manera opuesta y radical. El fútbol me aburre existencialmente una barbaridad y sin embargo los toros me apasionan cada día más, porque considero que es el único espectáculo que existe en el mundo que aún conserva magia a raudales. Cuando tenía quince o dieciséis años, mi padre me recogía a finales de mayo en el internado de Jaén para que lo acompañara a Granada para ver a Manuel Benítez el Cordobés, que toreaba en la feria del Corpus. Esa operación la repetimos en bastantes ocasiones y hasta que tuve treinta años fuimos juntos a los toros a muchas plazas. La última vez que fuimos juntos a los toros fue en 1984 en la Feria de la Virgen de la Salud de Córdoba. Estaba ya él mayor y con la espada del dolor dentro del corazón por la muerte unos meses antes de mi pobre madre. Pero él ya no estaba para nada….solo pensaba en morir pronto para poder reunirse con mi madre…En fin que no olvidaré nunca a esos dos seres humanos que me dieron la vida y que me quisieron tanto...

En estos últimos años he tenido la suerte de asistir junto a mi compadre Ladis a varias novilladas de promoción tanto en Córdoba como en Sevilla, y he visto a esos chiquillos como llegan a la plaza emocionados, llenos de miedo y ganas de ponerse delante del torillo, y como son revolcados una y otra vez, y a la siguiente se levantan del suelo con más rabia, con ganas de comerse en chuletillas a los becerros y eso me emociona realmente. Esos niños, que sueñan con la gloria, que prefieren la vida en el campo en las ganaderías, a las discotecas, a las drogas y las frivolidades que esta sociedad de consumo nos mete por los ojos. Esto que está ocurriendo en Córdoba y en otros lugares de Andalucía donde han proliferado las Escuelas Taurinas, con esos chiquillos que quieren ser torero, es algo extraordinario y los hay muy buenos. Son chiquillos que se han acercado a este sagrado oficio con devoción y respeto y que saben lo que quieren. La mayoría de estos muchachos no torean por hambre, con sucedía antiguamente sino que son hijos de familias medias acomodadas, algunos de ellos estudiantes universitarios, que estudian para cumplir con la obligación impuesta por los padres de la formación, pero que en el fondo de su alma lo que ellos quieren es ser toreros y tienen una afición enorme.A estos chiquillos que no juegan al futbol ni al baloncesto y que no tocan en una banda de rock, sino que quieren ser toreros y que sueñan con la gloria, les brindo en estas páginas mi más profunda admiración y respeto. Les deseo que vean cumplidos esos sueños, para bien de ellos y de los que como yo amamos este difícil oficio, porque posiblemente algún día nos harán vibrar con su arte.
Fotos: (Arriba) Torre del Moral de Lucena - Córdoba-. (www.aytolucena.es). (Abajo) 'El Zubi', -que nunca para- preparando una intervención en uno de sus muchos viajes en avión. (www.rafazubi52.blogspot.com/).